11 de agosto de 2017

El taco sedativo.










Soltar un taco no es siempre un signo de vulgaridad. Un taco bien dicho y en su momento oportuno llega incluso a alcanzar la belleza de la rotundidad. El taco es vulgar cuando vulgar y ordinario es quien lo dice. El taco oportuno, como adorno o desahogo coloquial, es incluso recomendable.
 Pero hoy nos vamos a dedicar al taco sedativo, analgésico, balsámico y medicamentoso. El taco látigo que mitiga el dolor con extraordinarias propiedades anestésicas. El taco terminante, preciso, conciso y concluyente que pone fin a una situación de padecimiento imprevisto. Vayamos al ejemplo.

Hubo un marqués, muy conocido entre la aristocracia de una ciudad cualquiera, que fue un hombre de escrupulosa lengua, en lo que a palabra se refiere. Jamás había salido de su boca un taco, interjección o venablo alguno. En cierta ocasión, cuando su esposa, la marquesa, fue sorprendida por el marqués compartiendo cama con el nuevo chofer, el aristocrático hombre calificó a su esposa de traviesa. Ese alarde de corrección y estilo se hizo famoso, era una época en la que asesinar a la conyugue adúltera tras acusarla de putón desorejado estaba mal visto.

El señor marqués, con su delicadeza y elegancia habitual, adoptó la medida que de él se esperaba. Despidió al chófer, sustituyéndolo por otro menos agraciado, y rogó a su esposa que no volviera a hacer travesuras.  Afortunadamente, no llegó la sangre al rio. Pero el marques padecía en secreto de un doloroso callo. Un terrible callo en el pie derecho que le mortificaba continuamente y que parecía no tener arreglo. Para cubrirlo y evitar rozaduras, enfundaba el dedo enfermo en unos blancos dediles que adquiría en cantidades industriales. Nadie, por su corrección, sabía de su doloroso mal.

Fue en la víspera de San Juan cuando sucedió todo. Mientras contemplaba el salto de la hoguera de los jóvenes uno de ellos, algo despistado y alocado, le pisó el callo. El marqués no gritó ¡cascaras!, ni por supuesto, ¡Jolines! Enrojeció de dolor e ira y gritó un ¡Coño! Como la copa de un pino. Un correctísimo ¡Coño! que, además, le curó.
  
Esta historia la leí en el libro de Alfonso Ussía, El Tratado de las buenas maneras. Espero que lo disfrutéis igual que lo hice yo en su día. 









BESOS











Fuente imagen y video:google,you tube

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