29 de agosto de 2017

Desaparecer en la nada










Hay días que veo el mundo tan grande que pienso que me sobra espacio, sin embargo, otros me parece tan pequeño que no tengo aire ni para respirar. Me imagino que es así como debe de ser el periodo de vida latente que tenemos que agotar. Hoy, por ejemplo, el mundo no me ha parecido ni grande ni pequeño simplemente lo he visto diferente.

He tenido una sensación rara, miré alrededor de mí y me sentí extraña, perdida en un lugar que no reconocía, fueron unos minutos de angustia y desazón que me dejaron bloqueada. Afortunadamente, reaccione gracias a la ligera brisa que me trajo la fragancia divina del mar que me devolvió a la realidad recobrando la lucidez. Esto me dio que pensar y pensé, pensé que he recorrido un trecho enorme para ser quien soy, me ha costado sudores y lágrimas tener mi propia identidad y hace mucho tiempo que deje atrás los pensamientos tortuosos.

Se quien soy y de que pasta estoy hecha, y la energía que fluye ahora por mi alma está construida con savia nueva, con el vigor de la lucha y el esfuerzo, y por nada del mundo pienso perderla. Y me he prometido que nunca más voy a permitirme perderme o rendirme en este mundo, aunque sea demasiado grande o extremadamente pequeño, me quiero lo suficiente como para desaparecer en la nada.


 Casi todo lo que realice será insignificante, pero es muy importante que lo haga.

(Mahatma Gandhi)








BESOS










P.D: Se me olvido comentar que los vídeos de música que suelo poner no tienen nada que ver con los textos(como habéis podido comprobar).Hago esta aclaración para no confundiros mis queridos lectores.Gracias por vuestra atención.


Fuente vídeo e imagen:you tube,google

13 de agosto de 2017

El mar (Pablo neruda)







Necesito el mar porque me enseña:
no sé si aprendo música o conciencia:
no sé si es ola sola o ser profundo
o sólo ronca voz o deslumbrante
suposición de peces y navíos.

El hecho es que hasta cuando estoy dormido
de algún modo magnético circulo
en la universidad del oleaje.
No son sólo las conchas trituradas
como si algún planeta tembloroso
participara paulatina muerte,
no, del fragmento reconstruyo el día,
de una racha de sal la estalactita
y de una cucharada el dios inmenso.
¡Lo que antes me enseñó lo guardo! Es aire,
incesante viento, agua y arena.

Parece poco para el hombre joven
que aquí llegó a vivir con sus incendios,
y sin embargo el pulso que subía
y bajaba a su abismo,
el frío del azul que crepitaba,
el desmoronamiento de la estrella,
el tierno desplegarse de la ola
despilfarrando nieve con la espuma,
el poder quieto, allí, determinado
como un trono de piedra en lo profundo,
substituyó el recinto en que crecían
tristeza terca, amontonando olvido,
y cambió bruscamente mi existencia:
di mi adhesión al puro movimiento.























Fuente texto e imagen: Internet

11 de agosto de 2017

El taco sedativo.










Soltar un taco no es siempre un signo de vulgaridad. Un taco bien dicho y en su momento oportuno llega incluso a alcanzar la belleza de la rotundidad. El taco es vulgar cuando vulgar y ordinario es quien lo dice. El taco oportuno, como adorno o desahogo coloquial, es incluso recomendable.
 Pero hoy nos vamos a dedicar al taco sedativo, analgésico, balsámico y medicamentoso. El taco látigo que mitiga el dolor con extraordinarias propiedades anestésicas. El taco terminante, preciso, conciso y concluyente que pone fin a una situación de padecimiento imprevisto. Vayamos al ejemplo.

Hubo un marqués, muy conocido entre la aristocracia de una ciudad cualquiera, que fue un hombre de escrupulosa lengua, en lo que a palabra se refiere. Jamás había salido de su boca un taco, interjección o venablo alguno. En cierta ocasión, cuando su esposa, la marquesa, fue sorprendida por el marqués compartiendo cama con el nuevo chofer, el aristocrático hombre calificó a su esposa de traviesa. Ese alarde de corrección y estilo se hizo famoso, era una época en la que asesinar a la conyugue adúltera tras acusarla de putón desorejado estaba mal visto.

El señor marqués, con su delicadeza y elegancia habitual, adoptó la medida que de él se esperaba. Despidió al chófer, sustituyéndolo por otro menos agraciado, y rogó a su esposa que no volviera a hacer travesuras.  Afortunadamente, no llegó la sangre al rio. Pero el marques padecía en secreto de un doloroso callo. Un terrible callo en el pie derecho que le mortificaba continuamente y que parecía no tener arreglo. Para cubrirlo y evitar rozaduras, enfundaba el dedo enfermo en unos blancos dediles que adquiría en cantidades industriales. Nadie, por su corrección, sabía de su doloroso mal.

Fue en la víspera de San Juan cuando sucedió todo. Mientras contemplaba el salto de la hoguera de los jóvenes uno de ellos, algo despistado y alocado, le pisó el callo. El marqués no gritó ¡cascaras!, ni por supuesto, ¡Jolines! Enrojeció de dolor e ira y gritó un ¡Coño! Como la copa de un pino. Un correctísimo ¡Coño! que, además, le curó.
  
Esta historia la leí en el libro de Alfonso Ussía, El Tratado de las buenas maneras. Espero que lo disfrutéis igual que lo hice yo en su día. 









BESOS











Fuente imagen y video:google,you tube